Diseñada para
Las orgánicas sexuales individuales complementarias, necesarias para la función reproductora.
Por José Antonio Chamorro Manzano (Asociado de CIVICA, Ensayista en materia teológica natural y moral)
De la mano de la Ciencia, las consideraciones relativas a la “orgánica sexual individual” nos llevan a tener que considerar las “orgánicas sexuales individuales complementarias, necesarias para la función reproductora”; y ello es así, puesto que las ramas científicas concernientes nos aseguran de que, la función procreadora biológica mediante el sistema sexual, requiere la participación concurrente de dos orgánicas sexuales individuales de sexo complementario entre sí –una de sexo masculino y la otra de sexo femenino–.
Parece improbable el que a la altura de estos nuestros tiempos los científicos no se hayan interesado por estudiar la posibilidad de que en cada acto procreador, en cada generación de nuevo individuo filial, pudieran participar más de dos orgánicas individuales –más de dos individuos–, repitiéndose con diferentes individuos uno o los dos tipos de orgánicas individuales que en el caso general natural son de insoslayable concurrencia. En todo caso, esa posibilidad de múltiple participación individual procreadora de un mismo individuo, parece estar descartada, puesto que todos los vestigios genéticos aparecidos en cada criatura tienen sus antecedentes en un único padre y en una única madre.
En fechas actuales, ha sido dada a la divulgación la noticia (recogida en la sección de artículos de este nuestro blog) de haberse logrado con éxito, por primera vez, el reproducir monos a partir de células obtenidas de embriones separados. Esos monos habidos –monos quimera– han nacido sanos y son normales. Los animales nacieron después de que fueran combinadas en una mezcla células obtenidas de diferentes embriones, procedentes de hasta seis individuos, y las implantaran en monos hembra. Las células genéticamente distintas procedentes de más de un solo organismo nunca se funden, pero se mantienen juntas y trabajan juntas para formar tejidos y órganos.
Bien, esa noticia no puede alterar este nuestro trabajo, ya que al parecer se trata de una intervención facultativa, que podría asimilarse a un trasplante de órganos entre individuos; lo cual no puede interpretarse verdaderamente como un acto reproductor.
Lo que sí es seguro es que los científicos se han interesado por el origen del sistema reproductor biológico o procreador sexual; puesto que de manera formal, en estudios científicos, se hallan recogidas diversas hipótesis al respecto. Hipótesis esas que no han conseguido satisfacer el exigente afán investigador; es decir, las conclusiones que hoy en día puede presentar la Ciencia en relación con el origen manifiesto del sistema reproductor sexual, no son convincentes y ni siquiera son compartidas de manera significativa.
Luego habremos de deducir, o que el sistema investigador seguido ha sido deficiente o que la Ciencia por sí sola no puede conseguir su propósito; porque lo que resulta indudable es que el sistema reproductor biológico sexual hubo de tener un origen, como lo tuvo la misma vida. Y en orden a formular una nueva hipótesis básica que pudiera dar lugar a posteriores trabajos de investigación, vamos a recurrir en este trabajo tanto a la Ciencia como a la Teología; y después se verá si la nueva hipótesis alcanzada merece ser considerada suficientemente convincente o digna de profundizar en ella.
Para nuestro anunciado propósito, habremos de partir de unos presupuestos de necesidad al efecto y a ser posible incuestionables en los ámbitos de lo razonable. Veamos:
Uno. Todo ser viviente es un conjunto biológico mixto, constituido por un alma motivadora existencial y por un cuerpo orgánico material.
Dos. En las rigurosas condiciones ambientales en las que, hace tres mil quinientos millones de años, se inició le vida orgánica en las masas permanentes de agua habidas en la superficie terrestre, no resultaba posible más que la existencia de individuos de rudimentaria estructura unicelular. Tales individuos se reproducían de manera sucesiva, mediante algún tipo de sistema asexual (vegetativo); y, como consecuencia de su experiencia vital acumulada y transmitida en cada nueva reproducción, en las cadenas generacionales formadas se podría llegar a observar cambios estructurales morfológicos y funcionales.
Siguiendo un orden lógico, la vida en nuestro Planeta se fue afianzando en miríadas de sucesivos individuos perecederos, encuadrados en familias tipológicamente cada vez más complejas y diferenciadas; individuos que a causa de su insuficiente capacidad para convivir en estrecha sociedad entre sí, no podían cumplir la función reproductora nada más que individualmente y mediante el sistema asexual (vegetativo).
Y todo lo dicho nos lleva ahora a una única conclusión razonable: El sistema reproductor biológico sexual se originó, en algún posterior momento, mediante la asociación de parejas de individuos (asexuados) que vegetativamente cooperaban entre sí para la procreación de un hijo común a ambos. Y, luego, vendría la evolución del sistema.
Pero eso ya nos exige iniciar un nuevo trabajo.
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